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Tokio en azul

Cuando se trata de imágenes nocturnas de las metrópolis contemporáneas, las luces de neón, las fluorescencias, los avisos electrónicos y luminosos son los primeros referentes en la urbe de contrastes, sofisticada pero imprevisible de Haruki Murakami...

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La nostalgia de la tortura

R.H. Moreno-Durán escribe sobre Octave Mirbeau y su Jardín de los suplicios

La invención de la soledad

Jimmy Corrigan nos invita a replantear las distinciones tradicionales alrededor del comic; aunque se encuentra en medio del cómic y la literatura, no pertenece a ninguna de las dos. El término novela gráfica tampoco le hace justicia. Lo mejor sería llamarle como lo que es: arte.

La canción de la luna

El más reciente libro de Juan Carlos Garay publicado por Ícono Editorial

Un contra Vallejo

Mario Torres desarma a Fernando Vallejo, la piedra en el zapato del buen proceder colombiano y la literatura

Las mariguanadas de Vallejo

Por Mario Torres Duarte


Fernando Vallejo renuncia a la nacionalidad colombiana porque el país lo ha tratado mal, muy mal. Está en su derecho, pero como lo hace público, no sin antes armar -con la complacencia de los medios de comunicación, claro- cipote escándalo, pues da pie para que cada quien opine sobre su decisión.
No dudo en que este es un país de cafres como dijera alguna vez el maestro Darío Echandía. E incluso, esa opinión es muy liviana para lo que somos. Eso de no dar papaya, eso de aprovechar todo papayazo, es de veras aberrante. Y aberrante son las masacres, o los compatriotas que desaparecen a otros compatriotas, o el desplazamiento que le ha tocado a cientos de miles de colombianos, o las actuaciones de los paracos que quieren pasar de agache a punta de perdón y olvido, o los atentados de la guerilla, o las actuaciones de los políticos. Y aberrante es esa indiferencia social de presidentes que ocultan la realidad a punta de estadística. Hasta ganas dan de huir.
Ahora, no se que pudiera pensar de Vallejo en caso de que se hubiera vuelto digamos que noruego, porque los argumentos sobre la mexicanidad del escritor me producen escozor. Y es que el escritor le da palo a Colombia para quedarse en el país que asesinó a Pancho Villa o que acogió a Trostky para luego matarlo a punta de 29 hachazos soviéticos sin ninguna protesta, al igual que aquí.
Un país con varios de los carteles de la droga más fuertes del mundo como el de Tijuana, al igual que aquí. Un país más grande que el nuestro, pero con una corrupción no menos grande generada por ese que no es partido revolucionario como el PRI, al igual que aquí.
Un país que permitió que el fundador de Los Legionarios de Cristo violara a decenas de niños sin que pasara nada, al igual que aquí.
¿Y que tal su policía corrupta? ¿Y sus múltiples elecciones viciadas? Al igual que aquí.
Un país de masacres y asesinatos de estado, al igual que aquí.
Un país que produce el mayor número de telenovelas indignas del mundo, presentadas a toda la familia en horarios estelares y exportadas a países como el nuestro para darle argumentos a muchachitas pobres o arribistas que aceptan sin más un decente trabajo de prepagos, al igual que aquí.
Un país pendejo que se dejó quitar miles de kilómetros cuadrados de los gringos, al igual que aquí.
En lo que sí que no es igual que aquí, es que ellos son mexicanos a lo mero macho y nosotros ni siquiera sabemos que es eso de ser colombiano.
Y podemos seguir en ese pluricultural país de México con sus defectos, al igual que aquí; o con sus cualidades, que las tiene y son trascendentales, al igual que aquí.
Pero no importa, pienso en como Colombia maltrató al exitoso Vallejo.
Pienso en ese 55 o 60% de colombianos a los que los dueños del país han tenido sumidos en la pobreza absoluta, esos mismos colombianos fracasados y analfabetos a quienes el estado no ha dado la oportunidad de una vida mejor, esos colombianos de verdad que no han sido hijos de ministros como el escritor, ni hijos de senadores como el escritor, ni han tenido hermanos alcaldes como el escritor, ni ganan premios internacionales como el escritor, ni han tenido la oportunidad de estudiar dos carreras universitarias en colegios burgueses, como el escritor; esos a los que no se les ve la cara porque no la tienen; esos compatriotas que ni siquiera son dueños de los pocos metros cuadrados de su casucha de lata.
Pienso en lo maltratado de Vallejo y pienso en esos colombianos que no han tenido la oportunidad de renunciar a una nacionalidad impuesta, porque ni siquiera saben que la tienen.
Pienso en el desarrapado de Vallejo tratando de dormir –por que se le dio la gana– sobre la helada carrera séptima de Bogotá, y pienso en esos miles de colombianos (porque no se les da la gana) que duermen sobre calles menos famosas al lado de sus perros pues son sus hermanos, sin tenerle que restregar su familiaridad al animal cada vez que abren la boca.
Pienso en Vallejo que habla y escribe y se le escucha y se le lee, y pienso en esos millones de colombianos que hablan porque no saben escribir, y a los que no se les escucha, aunque se les escribe en unas estadísticas de Planeación Nacional para sacarlos de la pobreza a punta de Excel.
Pienso en lo desgraciado de Vallejo que escribe sobre lo que se le da la gana cuando se le da la gana y lo publica en donde se le da la gana; y pienso en esos millones de colombianos que salen –porque no se les da la gana– en los medios de comunicación, cuando otra desgracia diferente a su desgraciada vida los pone en primera plana a punta de derrumbes o inundaciones.
En fin, pienso en Vallejo y me da lástima lo mal que le han tratado en Colombia, y pienso en la pobre Colombia que nunca valoró al genio de Vallejo. Y pienso en los millones de colombianos para los que Méjico es un puteadero donde Verónica es la última adquisición colombo-norteña que canta rancheras aprendidas en alguna whysquería de la Caracas de Bogotá o de la Mafafa de Barranca.
Eso le pasa por fumársela verde a la mexicana. Si se la hubiera fumado fresca a la colombiana, hubiera tenido la mejor traba del mundo según Ringo Starr y estaría escribiéndose una novela del putas en vez de estar mariquiando con algo que nunca ha sido.

Parió la luna

Por Julio Mario Alvear


La canción de la luna
Juan Carlos Garay
Editorial Icono
Bogotá, 2011
178 Páginas


La luna siempre ha sido motivo de diversos cantos en el decir poético universal. En la novela La canción de la luna de Juan Carlos Garay, no podemos decir que la habita una luna casta y virginal, aunque en Garay sigue siendo una luna romántica, no obstante estar pisoteada por el hombre de ahora, desde Neil Armstrong hasta Vicentico Valdés.
La luna que habita su novela persigue en ella fines científicos, en alguna parte de su historia, en las travesías del monje Leopoldo Caruso, en un campamento de poetas, se sucede  un ritual de ofrenda a la luna, el protagonista sostiene este diálogo con el poeta salvadoreño Aristides Pineda, especie de heterónimo de poesía rimbombante al que Garay acude para subrayar su gusto por lo astronómico como génesis de la trama aquí propuesta, no por nada el propio autor tuvo la posibilidad de realizar, tiempo antes de la redacción de esta novela, un diplomado en Astronomía, fruto de su reciente residencia en la Argentina:
“Verá ud, nos preocupa lo que pueda pasarle a la luna. Hace unos años, cuando unos ingenieros de Winsconsin analizaron las muestras de rocas que recogió el Apolo 17, descubrieron que contienen burbujas de un gas llamado helio-3. Entonces fue cuando supimos que la luna no solo refleja la luz del sol sino que también atrae el gas del viento solar. La tierra no lo tiene porque la atmósfera le bloquea el paso, pero en cambio ese satélite allá arriba es como un imán. Y resulta que el helio-3 es una fuente de energía tan poderosa que supera cualquier hidrocarburo que ud me pueda mencionar  en este momento. Con sólo excavar cuatrocientos metros cuadrados de suelo lunar, a una profundidad de tres metros, se tendría suficiente energía para darle un año de electricidad a todo Frisco. Es un hecho irreversible, amigo mío, la minería lunar viene en camino”.
En el espacio de San Francisco por el que se mueven los pocos personajes que pueblan el universo de La canción de la luna, pierde ese tono y tal vez como lo propusiera Kant, refiriéndose al hombre en el universo, la luna ya no es la cosa en sí, es decir apenas para ser cantada, sino es la cosa para sí,  hace parte de ese arsenal de la minería lunar de la que con acierto poetiza Garay. En su saga lanza una suerte de hipótesis en el sentido en que uno de los anhelos de los poetas es escribir un poema a la luna desde la luna y para eso aparece un personaje en la historia el poeta-astronauta Neal Teagarden, ya en el suelo lunar dice: “La poesía debe ir más allá de las palabras”. “La poesía debe incluir también el acto”. Toda su vida fue una preparación para el acto poético de índole cósmica que estaba a punto de cometer”. Qué será de los poetas sin esa luna misterio, esa luna que cuando se vuelva propiedad privada de los imperios ya ni siquiera aretes se le podrán dibujar.
Leopoldo Caruso (el monje protagonista), descubre que no encuentra  el pináculo de la iluminación porque se apodera de él aquel embrujo llamado blues. Un coleccionista de música rescata y restaura la guitarra que le perteneció a la leyenda del blues Charley Patton. Ambos personajes están por juntarse en pleno centro de San Francisco, donde vivirán episodios insólitos como el encuentro con una cofradía de poetas, de donde se desprende el diálogo arriba mencionado, que busca evitar la explotación industrial del helio, combustible que yace bajo la superficie de la luna. Novela que la trasunta poesía y ciencia, poesía y astronomía.
Sus dos novelas, La nostalgia del melómano y La canción de la luna, las abrigan discadas de sonidos que se convierten en bandas sonoras. Desde luego esto no es nuevo en un género tan abierto como es la novela, en ella cabe todo, y de eso dan razón  novelistas como Julio Cortázar en algunos de sus cuentos como “El Perseguidor”, pero especialmente en su novela Rayuela o Boris Vian quien fuera trompetista de jazz, miembro de la cofradía de patafísicos; en la novela firmada por unos de sus más sanguinolentos heterónimos, Escupiré sobre vuestra tumba, en la cual discurre el jazz de los años 30 y 40, como Dizzy Gillespie o el saxofonista León “Chuck” Berry junto a Wiliam Christhoper Handy compositor y músico de blues. A propósito de Vian vale la pena llamar la atención sobre otro de los aspectos más notorios en la narrativa de Garay, y que suele ser frecuente en la obra del escritor francés, se trata de la antropomorfización como ‘fantasía’ recurrente, por cuanto el staff de personajes incluyen la imagen peremne de lo animal, acaso lugar común en cualquier postal que se relacione con la luna, el lobo que aulla desde una carta del tarot, la noche replegada entre gatos furibundos que husmean entre callejas y techos con la redonda y brillante dama como testigo. Las discadas de La canción de la luna  conducen a Jimmy Rushing y Charley Patton al viaje lastimero del blues.  Jimmy Rushing en el año 1938, empieza el viaje  de una saga cuyos protagonistas se embeben con la luna: El Monje caruso deserta una noche de luna llena pero lo atrapa un lobo feroz, milagrosamente se zafa del hambriento animal y termina en compañía de un camionero (Rondamon) quien le cuenta las razones de su oficio y lo que transporta 24.000 fresas diarias. El Monje Caruso en su periplo resulta en una tienda de discos y allí se narra la historia de la famosa guitarra que conserva la nana de Charlie Patton y que se convierte en ícono para los músicos de San Francisco.
En este suceder en la vida del Monje se desenvuelve una historia de amor entre el docente-monje y una joven estudiante (Arcoíris Angélica) en escenas un tanto eróticas, con cierto sabor a chantaje por el asunto de las notas, que hilvanan un merodeo carnal que sacan la historia de ese puritanismo de dogmas religiosos propios de un monje poco convencido de hallar el nirvana o cualquier otra forma de pureza.
La historia atrae en cuanto a la arquitectura de su composición y la especulación científica, pero se excede en cierto lirismo hueco y a veces ingenuo tras el cual sigue prevaleciendo el pretexto principal de esta segunda novela de Garay, el hablar de lo sabido, el hacer periodismo cultural distrazado de cruzada narrativa, el traer a colación toda suerte de musicos y anecdotas para tomar como propias sus historias en pos de escribir una novela plagada de sincretismos. Por allí, se asume, como se desprende de una locución radial más o menos reciente, la intención primera de llegar al examen superficial de lo oriental en medio del letargo kitsch del jazz, todo bien disfrazado tras una bruma poética que esconda los defectos generales de La cancion de la luna.
Por lo demás, más allá del parapeto y los breves ensayos sapienciales, hay que retroceder para leerla como se debe, detras de tanta gesta mística y de tanto jam, la novela resulta un singular divertimento que significa una suerte de breve continuación de su novela como primerizo, y de la cual ha tomado, como se verá, un par de elementos a los que dará continuidad en este nuevo libro, otra puerta para que el melomano Garay nos informe más sobre sus afectos.

Tokio en azul

Por Carlos Enrique Pachón

After dark
Haruki Murakami
Tusquets, Andanzas
Barcelona, 2008
323 páginas.




Cuando se trata de imágenes nocturnas de las metrópolis contemporáneas, las luces de neón, las fluorescencias, los avisos electrónicos y luminosos son los primeros referentes, más si se trata de una ciudad de contrastes, sofisticada pero imprevisible como lo es aquel Tokio que Haruki Murakami dibuja desde la instantánea de las noches de música e insomnio, cualquiera sea la razón metafísica que permite el encuentro de los disimiles personajes que el autor japonés, amante del jazz y amigo de un tono cinematográfico de contrastes a ratos surreales o enigmáticos, ha querido mostrar en esta novela.

After Dark empieza de esta forma. Con un lenguaje de kinetoscopio, el autor nos muestra, desde las alturas, el perfil de una gran ciudad, Tokio. Y para ampliar el impacto de la toma aérea, extiende el enfoque de su “cámara” y nos dice que “la ciudad parece un gigantesco ser vivo. O el conjunto de una multitud de corpúsculos entrelazados. Innumerables vasos sanguíneos se extienden hasta el último rincón de ese cuerpo imposible de definir, transportan la sangre, renuevan sin descanso las células”. Dicho de esta manera, la ciudad es el réptil gigantesco que siempre ha azotado las calles y que sugiere una poética de espacios, aquí somatizada por el vaho de la noche y la soledad compartida de transeúntes que recorren el tiempo del relato, sorteando sus recuerdos y sus propias miserias humanas.
La narración continúa en Dennys, cinco minutos para las doce de la noche. Mari Asai, está dentro de la cafetería e intenta leer un libro. Al fondo se escucha Go away little girl de Percy Faith. Todo es anodino, común y cotidiano. El autor lo describe así, y enfatiza en la particularidad de estos lugares en hacer sentir a sus clientes como seres anónimos y reemplazables. Un joven entra al lugar y repara en ella, se acerca y entabla una conversación. Al principio Mari es esquiva, no desea mantener el diálogo, pero poco a poco van teniendo puntos de discusión. Él conoce a la hermana de Mari, Eri. Sobre ella girará la conversación. A partir de esta escena, igualmente intrascendente, se van a originar los siguientes escenarios de la novela, reafirmando que no hay casualidades. El joven se llama Takahashi y ensaya en la noche con un grupo de jazz. Una banda sonora particular va cubriendo la lectura, dando a esa estática nocturna un aire tanto más citadino en la medida que el lector encuentra esos sonidos tan ajenos y sin embargo personales que encarna el jazz, como ese Five spot after dark, en la versión de Curtis Fuller, que el joven tararea seguido de esta distante desconocida.

Murakami da inicio a cada episodio de manera un tanto cinematográfica, según ha sido una de sus costumbres, un lenguaje que va de lo visual a una especie de metafísica independiente y a menudo caprichosa dentro de la forma narrativa y la puesta en escena de los hechos, un escritor de guiones (como lo exige decir Guillermo Arriaga) que ha sabido ver en la realidad el lado espectral de la existencia. Describe los espacios, la manera en que están dispuestas las cosas y las personas. Se detiene de forma obsesiva en la ropa que cada personaje usa, en el caso de Mari dice que lleva puesta “sudadera gris con capucha, pantalones vaqueros, zapatillas deportivas de color amarillo desteñidas tras múltiples lavados”. Así lo hace con todos los personajes. En apariencia, el narrador no agrega detalles, es neutro, no se atreve a opinar, como si un velo trasluz no le permitiera tocar las cosas, pero hay algo latente en ese lago de aguas tranquilas. A medida que describe y narra se siente que un suceso escandaloso va a ocurrir, y en la medida que Mari sigue contactándose con otras personas, uno siente ese staccato musical anunciándose desde la calma progresiva de un relato bañado por la realidad de una ciudad que parece dormir detrás de ellos.

Mari sigue allí, detenida, en aquella cafetería parca y común, son las doce y veinticinco de la noche, al fondo del relato se escucha More de Martin Denny. Más tarde, Kaoru, amiga de Takahasi, aparece en escena. Trabaja en un love-hotel llamado extrañamente Alphaville, al igual que el filme de François Truffaut. Una prostituta ha sido brutalmente golpeada y nadie, aparte de Mari, podría entenderle en aquel chino mandarín lleno de lágrimas y sangre cubriendo la habitación donde minutos antes un hombre la había cogido con ella pese a un repentino inconveniente. El hombre que ha agredido a la mujer ha sido identificado por las cámaras del Alphaville, su nombre es Shirakawa y trabaja en la noche en Veritech, como ingeniero de sistemas. Mientras trabaja escucha una cantata de Scarlatti interpretada por Brian Asawa.
Al tiempo que todo esto ocurre y capitulado de forma pasiva pero expectante, Murakami describe una situación desde el paneo parcial y a ratos onírico de un lente que espía otro espacio, fuera de la acción principal descrita en el libro. Eri Asai, hermana mayor de Mari, duerme en su habitación, desde hace dos meses. Un día anunció que su trabajo de modelo no le permitía dormir bien y que iba a hacerlo hasta descansar a satisfacción. Pero esta decisión se ha extendido demasiado. Parece dormir tranquilamente, no obstante también quiere despertar, la conciencia exige, por momentos despertar. Mientras duerme, sin mover siquiera los parpados, el televisor apagado refleja otra habitación similar, en donde un hombre sin rostro –una luz brillante en su cara-, sentado en una silla giratoria mira a Eri a través del televisor. En ocasiones, ella aparece en la habitación que se refleja en el televisor, y despierta sin saber de sí.


Como novela, After dark es, por igual, una salutación de la nocturnidad y de la melomanía siempre latente de Murakami. Transcurrida entre las 5 a.m. y las 6 y 52 a.m., justo cuando la ciudad despierta para recibir el otoño nipón, la narración se muestra, desde sus intervalos descriptivos y sus diálogos o situaciones específicas, en una suerte de “tiempo paralelo” que más tarde se concreta en un arrebato parecido a esos tutti musicales que ponen en situación los instrumentos de una orquesta, entregados a la luz de la noche. La luminosidad de Tokio se ve de imprevisto interrumpida cuando la oscuridad empieza a desvanecerse, justo antes de la luz del día, luego de la calma del jazz y el aliento helado de la madrugada que reconoce los rostros de sus habitantes soñolientos.

Entre la memoria y la imaginación



La presente reseña crítica sobre la reedición de esta novela de Fabio Martínez hace parte del próximo número del Periódico Lecturas Críticas a ser publicado en enero de 2012.


Por Omar Ortiz


Un habitante del séptimo cielo
Fabio Martínez
Univalle - Vericuetos
Cali, 20111
168 páginas

El día que recibí “Un habitante del Séptimo Cielo”, la novela que Fabio Martínez presentó originalmente en abril de 1988 en la ciudad de Bogotá con palabras del poeta Juan Manuel Roca y con el sello de “Ulrika, Editores”, salía de casa con la prisa que ocasionan las diligencias bancarias, y con el libro en la mano me allegué a cumplir con la interminable fila con que los clientes de las entidades financieras en este país debemos asumir los servicios que a precio de oro prestan los dueños de la plata. Y casi por reflejo comencé a hojear el libro que acababa de editar la Universidad del Valle y Vericuetos en edición bilingüe castellano y francés con traducción de Yves Moñino. Hojear y empezar su lectura fueron una misma cosa y casi lamenté que hubiera llegado mi turno frente al cajero que me miraba entre la conmiseración y el reproche.

Porque “Un habitante del Séptimo Cielo” es una novela que agarra. Una vez iniciamos el tránsito por las primeras páginas de “Verano” el primer capítulo de la novela, a los que siguen, “Otoño”, “Infierno” y “Primavera”, las cuatro estaciones particulares del narrador que pueden ser climáticas o paradas del metro, no queremos detenernos hasta no agotar las peripecias que alguna vez también quisimos experimentar en ese París de la Utopía al que habíamos accedido por las zancadas de Miller más tarde vueltas latinoamericanas en los recorridos de Julio Cortázar. Pero no se equivoquen no es la melancolía de la nostalgia la que nos obliga a tomar una y otra vez el metro parisino acompañando las alegrías y las angustias de los jóvenes protagonistas que reivindican lo libertario, si bien desde los extremos de la rumba, el embale y la baba como acertadamente lo señala Carlos Patiño, es una actitud vital que subyace en la derrota de todos y cada uno de los residentes latinoamericanos de esas fechas deslumbrantes de irresponsabilidad y agite, lo que reivindica en los lectores, de mi generación por lo menos, la posibilidad de confrontar una cultura y un espacio que pensábamos sinónimo de triunfo del Arte, de lo humano, sobre el tartufismo imperante, que por lo demás sigue reinando. Ese sueño de alcanzar el reconocimiento desde la propia capital del mundo artístico, reconocida así en esas fechas, sin pagar tributo a las mezquindades propias de nuestra parroquia, donde su metrópoli, Bogotá, no pasaba de ser la ciudad ignorante y gris que describe García Márquez en Cien Años de Soledad.

Más el precio tuvimos que pagarlo con o sin la experiencia parisina, ya que hay dos cosas que no perdona el canibalismo criollo, el talento y la inteligencia. Entonces encontrar la recreación de un tiempo en que nos burlábamos de lo formal, haciendo mofa de todos los íconos que fortalecían lo que no queríamos ser y en lo que inevitablemente nos convertimos es regocijante, pese a la descarnada mirada que señala nuestra proverbial cobardía. La risa, el humor, la ironía, como máscaras del drama cotidiano. No hay pues como no ser solidario con Román Velásquez, con Beethoven y Ataulfo, integrantes de “Los Son Tin Son Van” que anduvieron una y otra vez el recorrido Odeón-Montparnasse, Montparnase-Odeón a punta de maracas, clarinete y guitarra, pensando que afinaban igual a Eddie Palmieri y su orquesta “La Perfecta”. Antes de entonar: “Todo se derrumbó/dentro de mí,/dentro de mí…”

Por otra parte la novela nos entrega elementos narrativos que inauguran una dinámica propia a una generación que irrumpe sin los referentes canónicos que el auge del Boom había marcado como determinantes en la forma narrativa. Así lo afirma Sonia Truque al comentar la primera edición de la novela, “Un habitante del séptimo cielo, logra codificar de manera propia, un nuevo lenguaje para la literatura colombiana. Haciendo acopio de lecturas muy bien decantadas, el ritmo de la novela recuerda algunos textos de la literatura norteamericana: Salinger, Bukovsky, Miller, que si bien es cierto han encontrado eco en algunos escritores latinoamericanos como Echenique, Rubén Fonseca, en Fabio Martínez logra una dirección nueva entre la desesperanza y el humor, producto de esa vocación sacerdotal por la literatura que lo acompaña siempre”.

Comentario certero que podemos complementar con unas palabras de su traductor Yves Moñino, escritas para la edición de marzo de 2011, “Debemos al poeta argentino Roberto Juarroz esta gota de luz : «la realidad para ser necesita la imaginación». A nuestra breve e incompleta historia del París imaginado por los escritores y poetas, la relación de las aventuras de Román Velásquez trae una vena picaresca, que desde el Lazarillo de Tormes escenifica antihéroes de condición marginal, quienes ejercen con humor su desenvoltura en sus encuentros con medios sociales muy diversos. Martínez renueva el género al integrarle el legado de los escritores y poetas que asocian lo sublime y lo sórdido: ecos de la alegría vital de Vallès, del spleen de Baudelaire y hasta los de la sed de triunfar de Rastignac resuenan en la exclamación de uno de los compinches de la gallada de la novela, cuyo juego sobre la palabra parís, resume la ciudad soñada del autor: «¡Aquí París o te reventás!».

Siempre abandonaremos el Séptimo Cielo tarareando la música invencible de la guaracha y el guaguancó.

La invención de la soledad

Por Cristian Soler


Jimmy Corrigan,
the smartest kid on earth
Chris Ware
Colección Tierra firme
NY, 2003,
Pantheon
380 páginas


Si bien obras como Watchmen de Alan Moore, que fue catalogada por la revista Time como una de las 100 mejores novelas escritas en inglés después de 1923, o Maus de Art Spiegelman, que ganó en 1992 un premio Pullitzer, han llamado la atención de un público más amplio que aquel que es asiduo lector de cómics, este género aún es bastante ignorado por gente que ve en él sólo un producto de la cultura popular, un producto que puede ser entretenido pero que carece de un contenido profundo. A esta célebre lista se le sumó en el año 2000 el cómic (o novela gráfica, como algunos prefieren llamarlo para darle más estatus a este género) Jimmy Corrigan, the Smartest Kid on Earth de Chris Ware, el cual, como la mayoría de las obras de este género, comenzó a publicarse de manera seriada en una revista hasta que años más tarde fue compilado en un libro.

Jimmy Corrigan es la historia de un hombre de más de treinta años, tímido, solitario y cuyo único contacto con otras personas son las llamadas diarias que hace a su mamá que vive en un ancianato y las pocas palabras que logra cruzar con Peggy, una empleada de la empresa donde él trabaja y con la cual, pese a que ella le gusta, sólo puede sostener una relación estrictamente laboral. Para escapar de su vida monótona y aburrida, Jimmy Corrigan vive una serie de aventuras perdiéndose en los laberintos de su gran imaginación, así, en algunas ocasiones él se transforma en un robot, en otras, se encuentra con un superhéroe que él admira desde su infancia, Súper-man.

Su rutina se ve interrumpida, sin embargo, cuando en vísperas del día de Acción de Gracias recibe una carta de su padre, al que nunca ha conocido, informándole que desea verlo en un pueblo de Michigan llamado Waukosha. A partir de ese instante la historia nos muestra el encuentro entre padre e hijo y esas barreras infranqueables que se producen entre los dos. La historia de Jimmy Corrigan se convierte entonces en un reflejo de la condición humana, muestra el aislamiento propio del hombre y como en un juego de espejos nos señala este mismo hecho a través de varios personajes, hasta conducirnos cien años atrás cuando, en medio de la Exposición Mundial de Chicago de 1893, el abuelo de Jimmy Corrigan también es abandonado por su padre.En la “fe de erratas” que Ware coloca una vez se acaba la historia de Jimmy Corrigan escribe lo siguiente: “Comencé a escribir esta historia en 1993 como una caricatura semanal para New City, un diario de Chicago bastante tolerante y comprensivo. Estaba planeada como un ejercicio de improvisación, que no tomaría más de un verano”. Si bien es cierto que la historia se demoró en escribir más de lo que él había calculado y que, aún cuando no lo había planeado, ésta dio el salto de las páginas de un periódico a las de un libro, ese carácter de improvisación se mantiene en todo momento y se refleja en las técnicas narrativas que emplea. Con las fantasías de Jimmy Corrigan y la historia que se mueve en todo momento entre la temporalidad del protagonista y las de los otros personajes, se produce una ruptura de la linealidad narrativa. Sumado a esto, está también el empleo de una técnica narrativa rara vez usada en el cómic: el stream of consciousness, el cual refleja el transcurrir de la conciencia y que en Jimmy Corrigan se presenta mediante el empleo de dibujos y palabras. Así, este libro aparentemente fácil de leer, se convierte en un acto de lectura complejo.

Para estudiosos del cómic como Will Eisner o Scott McCloud el artista ideal de cómic es aquel que no sólo se ocupa de escribir una historia sino que también la dibuja, esto hace que su obra adquiera un carácter más personal y un verdadero valor artístico. En un medio en el que se trabaja con los tiempos y en los que los plazos de entrega son muy cortos, es necesario contratar en la mayoría de los casos a personas que realicen estas tareas de forma separada, mientras unos se encargan de escribir la historia otros la van dibujan y otros se encargan de ponerles color y agregar las letras de los diálogos. En el caso de Jimmy Corrigan, es Chris Ware quien lleva a cabo todas estas tareas, haciendo que su libro adquiera así un verdadero carácter unitario. Sin necesidad de emplear palabras, Ware pone de presente desde un principio esa constante en su historia: la soledad. Para ello, coloca como primera imagen el dibujo de una tierra diminuta en un universo inmenso. También emplea recursos como hojas muertas o pájaros para señalar ese paso irremediable del tiempo. La manera como son dibujados los personajes de Jimmy Corrigan puede recordar la sencillez de dibujantes clásicos de caricaturas como Charles Schulz o Winsor McCay, pero hay también un cuidado especial por los trasfondos donde suceden las historias. Cuando nos encontramos en 1893, presenciando al Chicago de esa época, Ware se dedica a revivir la iconografía de ese momento mediante imágenes que parecen extraídas de fotografías, pero que al mismo tiempo parecen extraídas de un sueño que nunca tuvo lugar. De igual manera, las calles de Waukosha y del Chicago de fines del siglo XX en las que se mueve Jimmy Corrigan, retratan fielmente ese paisaje monótono de los pueblos y los suburbios norteamericanos, ese aislamiento que se hace patente en cada una de sus construcciones.









Jimmy Corrigan, the Smartest Kid on Earth es también un libro consiente de sí mismo, esto se hace patente en el cuidado que hay en cada detalle de la carátula y en el hecho de que se incluya en la contra-portada una guía de instrucciones que “facilitan” su lectura. Mediante esa ironía que le es tan peculiar, Ware se burla de esas distinciones clásicas que se dan entre literatura y otros géneros populares como la ciencia ficción y el cómic, también realza el hecho de que una historia que se comenzó a publicar en periódicos sea presentada como un libro. Para ello, se vale de herramientas como resúmenes, láminas coleccionables y figuras para recortar, que aparentemente buscan ubicar y entretener al lector, pero que en realidad son deconstrucciones de la historia que abren nuevas ramas de lectura e interpretación.

En el año 2001 Chris Ware ganó gracias a Jimmy Corrigan el premio que el periódico británico The Guardian entrega cada año al mejor nuevo talento literario, así esta obra se convirtió en la primera novela gráfica en ser galardonada con éste. Este hecho es el reconocimiento del valor literario de esta historia, hace evidente que más allá del formato en que se presente es una obra de una gran calidad narrativa, que toca fibras íntimas de la naturaleza humana y que, como todo buen cómic, también es entretenida. Por ello, Jimmy Corrigan nos invita a replantear, o incluso eliminar, esas distinciones tradicionales que se hacen en las academias; aunque se encuentra en medio del cómic y la literatura, no pertenece a ninguna de las dos, por otra parte, el término “novela gráfica”, si bien suena mejor, quizás tampoco le hace suficiente justicia. Lo mejor quizás sería llamar a este libro como lo que es: arte.

La nostalgia de la tortura

Por R.H Moreno-Durán*



El jardín de los suplicios
Octave Mirbeau
Editorial Impedimenta
España, 2010
230 páginas

En el último año del siglo, Octave Mirbeau ofrece uno de los textos más extravagantes y perversos que haya producido el naturalismo en su tendencia decadentista. El horror, más que lo feo o lo satánico, es la materia prima de El jardín de los suplicios, la novela que, a través de una mezcla de agonía y placer, traza un vínculo dialéctico entre los intereses del verdugo y los de la víctima. Una aguda introspección sobre los mecanismos psicológicos y morales que, para sorpresa de almas pías, esconde la condición humana.

El hombre que en el puerto de Marsella se embarca en elEagholien rumbo a Ceilán, nunca se imaginó lo que su suerte de cautivo le iba a revelar sobre sí mismo en esas regiones que él llama "lo desconocido de las embriologías fabulosas''. Todo su mundo, hasta ahora, en el presente del relato, ha funcionado en torno a interpretaciones galantes que extiende incluso a su visión sobre la naturaleza. Para él, un cocotero no es lo que afirman los naturalistas: sencillamente es un árbol que da coccottes. "No me gustan los árboles más que con arreglo a esta clasificación parisiense'', dice este competidor mundano de Linneo.

Miss Clara, una rubia inglesa, lo seduce durante la travesía, y el científico cree haber encontrado por fin el amor. Se habla durante el viaje de técnicas de antropofagia y se explica por qué razón los negros no son comestibles y cómo en algunos casos son incluso venenosos. Clara y el naturalista se hacen amantes y ella lo convence para que se instalen en sus propiedades de Cantón. La mayor diversión, en medio del marasmo erótico en que Clara lo sume, es dar de comer a los prisioneros chinos. Y con el inenarrable horror de un rito colectivo que alimenta a los reclusos con toda clase de inmundicias y que, en realidad, alimenta los instintos pervertidos de quienes hacen la ofrenda, el narrador descubre parte de la naturaleza humana más recóndita de su amada: "¿Es natural que busques la voluptuosidad en la podredumbre y vengas aquí a exaltar tus deseos con horribles espectáculos de dolor y muerte? ¿No es, por el contrario, una perversión de esta naturaleza, cuyo culto proclamas, para excusar, quizá, lo que hay de criminal y monstruoso en tus sensualidades?'' La larga pregunta del naturalista obtiene sólo una lacónica pero contundente respuesta de Clara: "La podredumbre es la eterna resurrección de la vida...''

Se abre a continuación espacio para evocar la más impresionante antología de torturas chinas, como el suplicio de la caricia a que fue condenado un hombre que violó a su madre y luego le abrió el vientre de una cuchillada. El suplicio consiste en una minuciosa y delicada masturbación a que una mujer somete durante cuatro horas a un hombre, hasta que éste expira tras lanzar por el miembro un chorro de sangre que empapa el rostro de la diligente acariciadora. Y en medio de otras torturas sin nombre se abre paso, en el centro del enorme presidio, el Jardín de los Suplicios, cuya característica más notable es la del "exquisito atractivo de hermanar los suplicios con... la horticultura, la sangre y la flora''. El jardín ha sido cantado, entre otros, por Robert de Montesquieu, el personaje en el que se inspiró Huysmans para crear al Des Esseintes de Al revés, no por casualidad un refinado sujeto que dedica ingentes esfuerzos y dinero para conformar el más exquisito de los invernaderos. También Proust se apoyó en la personalidad atípica de Montesquieu para conformar a su Barón de Charlus, con lo cual se fija una filiación decadentista por vías de la ficción.

Lección de alta horticultura es la que ofrece el narrador al describir cada una de las especies del orbe botánico que recorre en compañía de su amada, y donde se dan cita todas las sugestiones estéticas, odorantes y eróticas que pueda alguien imaginar, algo que habría hecho las delicias de Des Esseintes y su devoción por el carácter siniestro de la voluptuosidad y la belleza. "Por un refinamiento diabólico, enredábanse a los fustos de aquellas columnas de suplicio calistegias pubescentes, ipomeas de Dauria, lofospermos, coliquintidas, clemátides y astragenos... Escondidos entre las hojas de esas plantas, entonaban los pájaros canciones de amor.'' Y en medio de semejante edén, florecen las confesiones del verdugo: a un condenado, le quitó la piel dejándosela sujeta a los hombros por dos eficaces ojales y luego lo obligó a andar. El día anterior, convirtió a un hombre en una mujer gracias a una ingeniosa cirugía. El verdugo se lamenta de que otras culturas carentes de refinamiento e imaginación hayan afeado el arte de la muerte. La decadencia de la tortura es impresionante, y a su juicio la culpa la tienen Occidente y el progreso, pues ambos han hecho que la muerte sea ``colectiva, administrativa y burocrática''. La muerte, ejercida con arte por el verdugo, es una lección de refinamiento y sensibilidad: se trata de ``extraer la máxima cantidad de dolor con prodigiosos procedimientos que comprimen a esa carne contra el fondo de sus tinieblas y de sus misterios...'' Y tal arte sólo sobrevive en el ámbito del Jardín, donde el verdugo describe con orgullo su invento más original -el suplicio de la rata- y el significado sexualmente ávido de las flores.

Obesionada por la muerte y la podredumbre, Clara se funde en una escatología sin límites y el narrador, su amante, siente asco y temor e incluso desea matarla, aunque se contiene, pues sabe que así daría satisfacción a lo que la mujer más ansía. En cualquier caso, la vida del narrador ha cambiado por completo y su propia dedicación como naturalista le ha revelado el aspecto más sombrío de la realidad: no la siniestra realidad de flores y plantas carnívoras y obscenas, que él por su profesión conoce, sino la monstruosa botánica del alma humana, con sus ramificaciones e inflorescencias, mucho más tenebrosas que las que décadas atrás dio a conocer Baudelaire, el pontífice máximo de las liturgias decadentistas.

El jardín de los suplicios no es más que la prosaica amplificación de lo que con "lujo, calma y voluptuosidad'' reveló el autor de Las flores del mal: el lado menos atrayente, aunque profundamente perturbador, de la condición humana. Al socaire de la fealdad y de hábitos poco excusados, el artista persevera en la búsqueda de una belleza inmortal, a partir, precisamente, de los límites de la podredumbre y la muerte. En una sociedad tan hipócrita y mezquina como la burguesa, sólo el artista es capaz de comprender la tristeza del verdugo, cuyo oficio ha sido despojado de la admiración y grandeza que antaño despertaba su trabajo de orfebre sobre la carne y sensibilidad humanas. Extraer dolor con el máximo de los refinamientos era algo tan importante como hallar la clave que permite el acceso al infinito desván de la voluptuosidad y el goce. Es el otro sentido de la palabra pasión, donde muerte y transfiguración se funden. Lo mismo ha sucedido con la vida: so pretexto de bucear en la fealdad, las sensaciones han revelado espacios psicológicos inéditos y han multiplicado hasta el infinito las posibilidades de la belleza y la imaginación. Y ahí radica, paradójicamente, el drama de la estética decadentista: al vislumbrar orbes insólitos en el alma humana zanjan la posibilidad de ir más allá del brillo efímero de sensaciones que nunca se repiten. Su virtud es la del relámpago y su única gloria la de un recuerdo sin alternativas ni futuro. Como el suplicio masturbatorio de la novela de Mirbeau, el arte decadentista es un solipsismo del cual es preciso huir para poder compartir la aventura múltiple de la vida y el arte. ¿Huir? No es preciso viajar hasta la China para ``gozar a mi amigo en el jardín''. La verdadera fuga se hace siempre hacia el fondo de uno mismo y por eso, a nombre de una nueva definición del exotismo -la del viaje interior, frente al nomadismo de los grandes aventureros del siglo que muere-, el personaje de Mirbeau enfila sus proas hacia el insondable oceano que fascinó a Lautrémont: las aguas procelosas de nuestra condición, voluble y cruel. No es pues la geografía ni las antípodas lo que le interesa, pues sabe muy bien que "llegar a un punto cualquiera es morir''. Por eso, un año después de la publicación de El jardín de los suplicios, Mirbeau pliega sus velas y se encierra entre las páginas nada saludables de Le journal d'une femme de chambre donde el intimismo se convierte en el ámbito ideal para ventilar las compulsiones más oscuras de una sensualidad que no varía con el siglo que este libro inaugura. Bisagra elocuente, el autor de Los asuntos son los asuntos, apoyándose en lo que la crítica llamó "anarquismo moral y estético'' al referirse a su obra, cierra el siglo XIX con las torturas de su jardín e inaugura el XX con las salaces confidencias de quien mejor conoce la intimidad burguesa: la criada que sirve pero también es objeto de la tórrida devoción de su señor.

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*El presente texto fue escrito para nuestro medio por el escritor colombiano R. H. Moreno-Durán (1945 - 2005) y se publicó en primera instancia en2001 por la ya desaparecida Revista Artificios, órgano de difusión literaria del que nace el proyecto Periódico de Libros.

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