"Afortunados los hombres que no tienen principios, pueden decir estupideces con solemnidad". Remy de Gourmont
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En cualquier parte los primeros en llegar son los viejos

Por Celedonio Orjuela Duarte                                                                                          


De vetustate
Antología poética sobre la vejez
Biblioteca Libanense de Cultura
Colección Verde inmenso
Bogotá, abril de 2016
146 páginas
                                                               


Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra 

 traspasado por un rayo de sol
 enseguida anochece.


Salvatore Quasimodo



1.

Una materia tan dúctil como es el lenguaje poético,  suele caer en sus propias trampas, sobre todo cuando transitan temas que no se podían frecuentar más que loándolos. Para los poetas era casi que obligatorio honrar al padre, a la madre,  la patria, al escudo, a la bandera y el rimador aparecía en ciertos escenarios como un personajillo curioso para el resto del auditorio, sobre todo porque hacía reír o llorar y era experto en escribir algo parecido a sonetos y décimas sobre dichos temas; la poesía misma se lo permitió si nos atenemos a las formas estróficas de la poesía española. Los académicos y poetas excedieron esa suerte de moldes hasta convertirlos en piezas meramente retóricas y exterioristas,  escritas justamente para leer en voz alta a un auditorio que sería conmovido hasta las lágrimas. Ese  peregrinar de la poesía, llegó muchas veces de forma oral, es decir, aprendida a través de la memoria a todas las comarcas.  Hizo que  se insularizara, por lo menos en el caso colombiano, en el entendido de que países como Perú, Chile y en algunas voces argentinas, se pusieron a tono con las vanguardias europeas, hallando nuevos senderos en el espíritu americano. El siglo XX evolucionó hacia una poesía más para el oído interno, el poeta no grita, ese oficio le corresponde a los políticos. En Colombia digamos que nos quedamos más tiempo embelesados en escribir sonetos  y otras formas métricas muy atractivas para un pueblo como el colombiano dado a la oralidad y con ella a la exaltación de personajes y paisajes por demás desfigurados en el tiempo. Algunas formas del poema fueron utilizadas muchas veces hasta el cansancio y la ridiculez. Esos instrumentos literarios, especialmente el soneto y las décimas han reflejado esa condición de oralidad. La poesía colombiana viene de una escasa introspección verdaderamente profunda que trascienda lo local hacia lo universal sin paredes, con esa fuerza y cuerpo poético que dejó  Vicente Huidobro, el chileno, o algunos peruanos como Cesar Vallejo, Emilio Adolfo Westphalen, Cesar Moro, y en Colombia Luis Vidales, una voz vanguardista en medio de voces anodinas, ellas rompieron esos anaqueles de la retórica.  Buena parte de la poesía que se escribió en Colombia, digamos que hacia mediados del siglo XIX y casi todo el siglo XX, apenas está soltando ese sujetador de una lírica costumbrista y un decadente modernismo.



La poesía transita el borde de ciertos temas que pueden terminar estropeándola, sobre todo porque  tiene un receptor muy singular, le llega por azar a un posible lector desprevenido, sobretodo, en lugares en los que escasean los libros. En  fin, el espectro del receptor de  poesía es indefinido, en el sentido del lenguaje. El poeta de hoy se ha exigido, ha venido sosteniendo un cuerpo poético nuevo, producto de toda la experimentación con el lenguaje y el cuerpo del poema; el siglo XX fue de identificación en todas las formas del arte; durante todo el  siglo pasado la poesía se mantuvo en una constante ebullición, un tránsito que  exige más comprensión de su estado mutante. Se procura que la poesía que propone este libro encuentre unos poemas esperanzadores, una poesía viva, actuante, no esa servidumbre manierista de escribir poesía en ciertos ámbitos, exagerando el trance de la existencia.  Lo que estos poemas reflejan es esa translación por la vida en la que llega un momento en el que aparece la pregunta del poeta en ese merodeo por la vida, luego el poeta se solaza en el tiempo y lo metaforiza con ironía, con humor, con fortaleza y en pocas ocasiones con la nostalgia del tiempo ido. El hombre de ahora identifica más su existencia, por tanto sabe mantener un buen diálogo con la soledad; visto este grupo de poemas genera un gusto por esa especie de inventario que encontrará el lector en este libro, poemas que son como un prisma de muchos rostros de un solo rostro que van apareciendo y que quizá ya no se refleje  él mismo en el agua de Narciso. En todo caso es una summa del cuerpo como bien lo versifica el poeta cubano José Martí, Cada cana es la huella de un rayo  que pasó, sin doblar mi cabeza. Ese rostro procura este libro. La presentación de los poemas en un arbitrario orden cronológico nos señala que el tema de la vejez ha inquietado a los poetas desde tiempos pretéritos cuando el hombre todavía era joven en su nomadeo por la tierra inventando cercas, límites, implantando nuevas barbaries.  La Biblia misma se ocupa de ese movimiento  cíclico del hombre; el Génesis da cuenta de ello, El Eclesiastés, libro sapiensal, el libro del predicador, y de allí se desprenden unas de las máscaras de la poesía de las que hablara Octavio Paz. Entonces aparece la poesía mística, pero antes en el tiempo del hombre está la poesía greco latina y el paganismo del poeta.





2.

En otras miradas nos encontramos con el asunto de la vejez, miradas finiseculares, esos periodos de la existencia del hombre en comunidad  y lo que significa su paso por ella y las responsabilidades que tienen los estados en cuanto a los deberes con sus moradores, en el entendido de que su paso por esta tierra tiende a demorarse un poco más que en siglos anteriores. En el libro sobre La Vejez que escribiera en los 70,  Simone de Beauvoir avizora esa perspectiva de nuevos acomodos del hombre en la sociedad. Las recientes tecnologías y el nuevo orden empresarial entienden que ha surgido un “nuevo” viejo que exige y merece nuevas atenciones del cuidado regulado de manera comprometida por los estados, y que no pase aquello que poetizara Jorge Robledo Ortiz con el poema, Siquiera se murieron los abuelos, aunque de tono regional, propone el desacomodo de este grupo humano.

…Hubo una Antioquia sin genuflexiones,           

Sin fondos ni declives.

Una raza con alma de bandera
Y grito de clarines.
Un pueblo que miraba las estrellas
Buscando sus raíces.
Siquiera se murieron los abuelos
Sin ver como afemina la molicie…


El viejo de ahora, es quizá un viejo más individual, digamos que el tecno-mercado  ha hecho más independiente su manera de vivir. Claro que aquí entraríamos en un meollo en el que interviene la religión y el concepto de familia patriarcal, entonces al hombre adulto se le va arrinconando porque no hay conexión, y esa es quizá una de las fuentes de Bioy Casares, en la saga Diario de la guerra del cerdo, hay una confrontación generacional; Las comunidades religiosas se han ocupado del viejo, encerrándolos en hospicios, en asilos, (vaya palabreja para la dignidad del anciano), recibiendo las sobras de los empresarios y el asistencialismo de unos estados fallidos, pero la longevidad del hombre moderno lo viene acostumbrando a las nuevas moradas no satelizadas por el clero, allí esperan el último aliento. Lo dicho anteriormente lo han testimoniado algunos escritores como Samuel Becket en su vida y obra, o en el caso de uno del vecindario,  el venezolano Adriano González León con su espléndida novela Viejo (Editorial alfaguara, 1995)  sobre el tema, en ese “largo vagabundeo alrededor de la muerte”; fresco  de la vida existencial de ese viejo pensante que hace llevadera o agobiante la caída. Novela de total introspección sin tapujos morales. Saga escrita en cortos e intensos capítulos de una fuerza poética que se asoma al delirio. Transcribo un capítulo con el doble propósito de observar la intensidad del relato y la confirmación de que la prosa también poetizó la vejez. Veamos:


Viejo no significa  enfermo, dicen los manuales optimistas. Pero ¿Qué es entonces este dolorcito en la espalda? ¿Qué pasa que no pudo cruzar o descruzar las piernas? ¿Por qué ya no es tan segura la pisada? Uno se engaña, se da fuerzas, se miente. No pasa nada. Es por el mal dormir. Y otra cosa: caminé más de lo debido. Uno no puede andar así como así, dando saltos, por la ciudad, metido entre vendedores ambulantes y tarantines y automóviles escandalosos. Hay varios huecos que uno debe evitar con los brincos. Y aceras rotas. En algunas rejas falta la reja de la alcantarilla y hay escombros, maderas, cartones olvidados, desperdicios. Es necesario saltarlos, esquivarlos. Movemos el cuerpo más de lo debido. Sí. Eso es. Por ello vienen después los dolores. Claro, por eso. Dice uno. Pero lo dice, nada más. No lo cree. En el fondo sabe que hay algo en los músculos que no va. Algo que no marcha en los huesos. Algo que no camina en la cabeza. Pero siempre hay las justificaciones. ¿Cómo no voy a tener dolor en los músculos si anoche lo que hice fue dar vueltas en la cama? Claro…Claro…El insomnio es lo que friega. Sin embargo el insomnio es duro y negro y es como un torbellino y es de nunca acabar. Es asfixiante. Da en el pecho. En los codos. Le duerme a uno los brazos. Le late en la cabeza. Le pica en los oídos. Le salta en la nariz. Se le retuerce en el estómago. Dan ganas de orinar y uno se para y va hasta la poceta y no orina nada.

Unas gotas nada más, unas gotas que le mojan el pantalón de la pijama y uno vuelve chorreado y húmedo a meterse en las sábanas.

Entonces el frío tampoco deja dormir, se pega la tela y al rato se vuelve a sentir ganas y uno regresa al baño, hace el esfuerzo, puja y tampoco sale nada y se vuelve a meter en la cama, y da vueltas, suda, respira, tose, siente que un ratón le corre debajo de la piel, siente una pluma sobre los labios, siente un tornillo en las sienes, siente un murciélago volando, siente un ruido de motor con río y máquina de moler piedras y pala mecánica y bola de hierro que golpea las paredes y una cierta nube que atosiga y confunde las visiones.
Como es también el insomnio de verdad. Uno no inventa nada, no sueña. No tiene pesadillas, pues está bien despierto. Las cosas feas en los sueños ocurren como si estuvieran detrás de un vidrio. En el insomnio están aquí mismo, sin separación, bien sudadas. Porque ese sudor es lo más hostigante. Los presentimientos nos meten miedo. Nos meten fríos y temblores. Uno suda porque no duerme. Pero a la vez no duerme porque suda. Allí se va yendo la noche. Allí se va yendo la vida. Porque cuando uno se queda dormido ya es solo un guiñapo, un trapo encogido, un muñeco de paja tirado entre las sábanas y el cobertor arrugado, hecho una lástima, una sobra de hombre, una porquería, un resto iluminado por el sol, despertado por el sol que se mete con un chorro furioso por la orilla de la ventana y nos da justo en la frente como una pedrada.

La vejez, del mismo modo es visitada por la escritora sudafricana Doris Lessing, premio nobel de literatura (2007). En algunos de sus estudios críticos el tema no deja de tener relevancia, al igual que en sus obras de ficción como es el caso del libro de cuentos Las Abuelas, relatos en el que el paso de la mujer adulta y sus roles en la sociedad moderna, genera toda suerte de comentarios en cuanto a su soledad o la compañía con sus amigas y los hijos para hacer llevadera la soledad y esos comentarios con respecto a los hijos que ven crecer como este fragmento de uno de sus cuentos: 

“Las parejas jóvenes con hijos constituyen un tema interesante: la época de cambio, el momento crítico. Durante un tiempo, los padres primerizos, seres sexuados por definición, se saben observados, objeto de comentarios, foco de atención, y tras ellos o alrededor corretean los preciosos hijos –“Ay, que chico más guapo, que niña más preciosa, ¿cómo te llamas? ¡Qué nombre más bonito!”- y luego, de repente, o así parece, es como si los progenitores, ya no tan jóvenes, se encogieran, perdiesen estatura; en todo caso, pierden color y lustre. “Cuántos años dice que tiene él? ¿Y ella…? Los vástagos se espigan y les roban el encanto. Las miradas dejan de seguir a los padres para ir tras ellos. Qué rápido crecen hoy en día, ¿eh?”

En el libro Diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares plantea una confrontación generacional contra los cerdos (viejos). La novela traza un careo sin cuartel y gana el más fuerte, el joven. El primer capítulo despliega esa arrogancia con la muerte del diarero don Manuel, sin razón alguna. Toda la historia es un cruce de sucesos violentos, de ahí que algunos la tilden de novela de ciencia ficción o hiperrealista por cuanto esta confrontación tan cruenta no puede ser posible más que en la ficción. La historia ocurre en función de la vida de Isidoro Vidal, un hombre mayor, que lo mantiene en constante peligro con la otra generación. Algunos lo tratan de joven, pero no por ello debe huir de la jauría  que incluso lo tiene marcado para su propia muerte. En el discurrir de la novela todo se va haciendo más radical, lo que hace imposible la cotidianidad de Vidal y sus amigos “los muchachos”, los que siempre verán la agresión y la muerte. En ella se encuentran una suerte de axiomas como estos:


-La vida social es el mejor báculo para avanzar por la edad y los achaques.
-He llegado a un momento de la vida en que el cansancio no sirve para dormir  y el sueño no sirve para descansar.
- En cualquier parte los primeros en llegar son los viejos.


Barrio la Macarena
Calle de la deshonra

Bogotá, 2015

Alberto Rodríguez Tosca y el oficio de la licantropía

Por Juan G. Ramírez




Al originarse el mundo, en el desnivel de árboles y montañas, en las curvas del río, en la intensidad dispar de la luz, en el tamaño de las piedras, quedó cifrada una escritura. Leerla corresponde a unos pocos iniciados. Alberto fue uno. Y ahora, cuando su soledad se encuentra completamente sola, podemos comprender sus palabras: “Se escribe para traducir”. Pero, ¿cuál fue ese pensamiento que desenredó en sus libros y cuál es la ruta a seguir para comprenderlos? Es difícil afirmar lo que piensa un hombre hábil en laberintos; acercarnos desde una visión personal es la mejor alternativa. Para Alberto, la Vida es un paréntesis en el Tiempo, y el tiempo un paréntesis en la Eternidad, la eternidad un paréntesis de Dios o el Azar (ese otro dios casuístico y desordenado). De la eternidad y su dios nada podemos saber, salvo que allá se inició la trama y hay que lanzar preguntas contra ellos, como se lanza una pelota al pasado para dejar en claro cuánto se les desconoce. Al tiempo lo podemos discernir en la trayectoria indiferente de los astros, en el giro preciso de la oscuridad o en la distancia entre los abismos: “El tiempo siempre necesita un número y alas para acordarse de que vuela”. “Qué triquiñuelas arma para dejarnos sin caminos, para llenarnos de caminos”. “¿Quién hay que niegue que los futuros no existen todavía?”, pregunta con Agustín de Hipona. Pero es en el primer paréntesis donde se da “la vida, ese extraño festín. Ese engañoso carnaval de almas en pena”, donde la obra de Alberto toma los elementos para desarrollarse. No cree que podamos decidir nuestros rumbos, por eso dice: “No vivimos la vida: sucedemos en ella”, incapaces de la aceptación que ya asumieron los árboles y las piedras. El hombre destila su conciencia creyendo que así adquiere una superioridad sobre el universo, cuando la conciencia es apenas el vehículo del que fuimos provistos para llegar al autoengaño. Al hombre sólo le queda hacer “el fiel inventario de todas sus derrotas”.

Y Alberto así lo hizo. Se pasó la vida enumerando la pérdida del padre, de la madre, del amigo, del día (sólo existe uno repitiéndose tenazmente, y le ponemos nombre o fecha para tener la ubicación de nuestros dolores). Nos mostró la derrota como el hábitat natural, la meta última que todo hombre alcanzará. Por eso debe ser celebrada como un proyecto de la especie. En su obra no está el hombre derrotado que se avergüenza, está el que persiste en ir de fracaso en fracaso. No se cansa aunque no pueda llegar al otro lado del Estadio, o no pueda llevar la piedra hasta la cumbre y hacerla rodar por el otro costado. Su placer está en saber que cada repetición es completamente nueva. Es un hombre que desafía el universo porque se sabe vencido. Si el universo se arma para aplastarle, como afirma Pascal, ¿qué habrá ganado? Es la Naturaleza, Dios, el Vencedor, quien tiene que avergonzarse. 

El Hombre de Alberto, como anuncia La Biblia, se hace fuerte a causa de su sometimiento. Nadie puede derrotar a quien se derrotó a sí mismo. Ama la vida porque esta no ofrece ningún propósito. Vivir es el propósito. Y entre menos significado tenga, mejor, una vida con orientación pierde la esencia. La derrota es una fuerza impuesta por el destino de la que nadie se puede librar. Algunos construyen puentes y rascacielos, escriben obras, engendran hijos, y es justo, todos eligen la esperanza, esa manera trágica de ver la vida. Pero la derrota está para señalarnos el camino. Sólo una persona con “resignación infinita” puede aceptarla como un lugar ideal para vivir. No se debe sentir miedo al engaño, a levantar su mundo falso con orgullo. Todos los mundos lo son. (Hablar de la derrota crea una paradoja como la de Epiménides, admirada por Alberto, de ahí el carácter circular de alguno de sus poemas).

No se discute con la Naturaleza. Se obedece con obcecada indiferencia. No es mi culpa que el cielo sea azul o que los ríos se arrastren. Fui vencido desde antes. Mi único aporte consiste en firmar la capitulación. Por eso no vengo ni voy: sólo espero llegar a tiempo al lugar que me fue asignado. Ignoro las leyes, si las hay, que rigen el sol y la penumbra. Y si las conociera, ¿qué conocería? Los extranjeros siempre ignoran las leyes del lugar en donde están. Y eso es lo que recuerda constantemente la poesía de Alberto. Entra, en general, por una pared sin puerta y se sienta en mitad de la sala. Y le aconseja al perdedor que no tema. Cayó al mar, es cierto, y no hay nada de qué aferrarse. Pero ya está derrotado, y la muerte es la mayor expresión, ¿qué cosa peor puede pasar? El derrotado comprende y acude feliz a “la tradicional fiesta de los náufragos”.


Unamuno dijo que la filosofía tiende más hacia la poesía que hacia la ciencia. Pues la poesía, con su música y sus símbolos, es la única capaz de “traducir” verdaderamente al hombre. Alberto compartía esa idea, por eso no se dedicó a enlazar imágenes. No. Lo que hacía era desenredar paréntesis: las vidas que se entrecruzan aquí y allá creando nuevos conjuntos. Intenta catalogarlos, como el botánico a las especies, por el tamaño de sus fracasos. Su obra sobrepasa un hecho meramente estético. Hasta una realidad mítica: es el mito donde se sostiene un pensamiento filosófico. En la oscuridad está el germen de la razón. Y Alberto escogió al licántropo como símbolo de esa angustia. Crea una dualidad entre lo racional, “la sombra en la pared, pasando, para después fundirse en la otra sombra en la pared, pasando”, que es lo poético. Pero en ese paso de la conciencia a la pesadilla, de hombre a monstruo, se pierde la noción del tiempo. “Recurro a los carteles para asegurarme que aún transito por las calles de siglo XXI”. Siglo en que, por cierto, es difícil desempeñar el oficio de poeta de la noche, de ese yo desgarrado que huye por la claridad de las premisas hacia los pasadizos de la imaginación. Alberto formulaba una premisa y sobre ella extendía su canto: “Un paseo por las alcantarillas nos devolvería la fe en el mito de la alegría y el amor”, “Un cuerpo que se resiste a seguir siendo un hábito, un número, un movimiento más o menos previsto y circular, es un cuerpo que sufre”, “No quiero leer un libro más. Tampoco un libro menos. Los que he leído bastan”, así comienzan muchos de sus poemas. Pero volvamos al licántropo. En Todas las jaurías del rey asoma por primera vez ese ser de colmillo incipiente, tímido como la luz, y planta su huella desconocida sobre la página en blanco. Luego se oculta, y reaparece en Las derrotas, mostrando su metamorfosis en todo su esplendor. “Tuve conciencia de mis disfraces”, dice. Pues “ni es lobo, ni es hombre”, sólo una especie extranjera para la que no fue creado el mundo, como no hay un mundo para el derrotado. El licántropo, como el poeta, es hijo del castigo (Apolodoro, Biblioteca III, 8). Y él lo acepta. No aspira jamás a enseñorearse. Sabe con justa razón que todo le es ajeno, salvo el pálido reflejo de la luna. Y como si aún no hubiera quedado clara la importancia de este mito en su obra, Alberto lo retoma en Cédula de extranjería. “El delicado ejercicio de la licantropía no comulga con espurios lunáticos que a propósito confunden los sabores del arte de volar”. Ya había dicho: “Apiadémonos de esa bestia inconclusa que no sabe dónde poner su cuerpo cuando llegan las noches, se abren las ventanas y la ciudad se llena de temibles aullidos”. Y concluye: “El sueño de las bestias siempre tiene sabor a pesadilla”. Y al licántropo, como a un Jano Bifronte (otro de sus símbolos) sólo le queda persistir en su ser. O más bien: en su no-ser. Ya que es el más impertinente de los seres.

La estructura de las obras de Alberto es barroca, es todo un andamiaje de pasillos, escaleras, terrazas, túneles y puntos muertos. Los libros están organizados en capítulos, subcapítulos y estos a su vez se enumeran, creando un laberinto del que se sale únicamente con el hilo de Ariadna. 

No así su contenido: escribe con un lenguaje sencillo, el mismo que se lanzan las comadres de un balcón a otro, como solía decir Eliseo Diego. Sus obras poéticas llevan mucha intertextualidad, con rasgos del Simbolismo de Eliot. Dialogan entre ellas, pero también son un dialogo con los poetas del mundo. En su estilo está la repetición de ciertos versos, de juegos, que le dan un sello fácil de identificar. Y como la palabra no es para escuchar sino para decir, y no dicen, es el material adecuado para seguir diciendo. La poesía de Alberto es el ojo del vidente que examina y rectifica, es la cartografía de una realidad destrozada por el tiempo, es la seguridad del hombre que sabe que no sabe, y que debe buscar en el entramado del universo su verdadera definición.


Adenda (recuerdos personales)


“Alberto era orgulloso hasta la humildad”. Un ser que se sometía avergonzando al vencedor, como ya se dijo. No sabía decir no. Decía sí e iba posponiendo los asuntos hasta que el cansancio y el tiempo los modificara. Si no le quedaba alternativa, las hacía con dedicación. Tímido y sensible ante la realidad. Un observador preciso. “Tienes que querer quemarte en tu propia llama: ¡cómo te renovarías si antes no te hubieses convertido en ceniza!”, dijo Nietzsche. Y esas palabras las puso en práctica Alberto. Después de compartir durante la noche en algún bar, lo acompañábamos (con los compañeros de la Escuela de Escritores Anábasis) hasta la puerta de su departamento, y allí nos quedábamos largo rato arreglando citas para los días siguientes, contando una anécdota de más, analizando un libro o un poema. No hubo noche que no trabajáramos un texto. La palabra era el centro. Nunca habló de influencias, sino de “familia de entusiasmos” como Cintio Vitier. Nos recordaba las máximas de la poesía: “Hay que conocer las normas para poder romperlas”, “hay que poner la palabra justa en el justo lugar”, “no a los lugares comunes”, “nada de cacofonías”, “cursilerías”, “sonsonetes”, “hay que buscar la complejidad del verso”, etcétera. Odiaba las palabras como “habita” o “inunda”. “Palabras así sólo pueden mostrar la carencia del poeta”. O los clichés propios como “la flor de las disculpas”, “el pan de otra lengua”. Se valía del siguiente ejemplo para demostrar la diferencia entre el lenguaje común y el poético. “Dijo Martí: los niños son la esperanza del mundo. Y Juan Gelman: la asamblea del mundo será un niño reunido. Lo primero es cierto, pero no pasa de ser una “bobada”. Lo segundo dice lo mismo, pero tiene complejidad y lenguaje. En poesía no importa tanto el qué, sino el cómo”. Y sobre esto sostuvimos largas discusiones. Hablaba continuamente de su familia y de su Isla (su isla en peso doblada en el bolsillo), y de su incapacidad para regresar por su “condición de derrotado”. Hablábamos de cine, otra de sus grandes pasiones, contábamos malos chistes y hacíamos juegos como el “Escriba y lea” que se juega en Cuba. De sus autores puedo citar a Jerzy Andrzejewski, Marcel Schwob, Allen Ginsberg, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Gonzalo Rojas, Ángel Escobar, Fayad Jamís, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, Bohumil Hrabal, y su infaltable José Lezama Lima. Entre otros. Nunca perdió su carácter de gran lector.

Ese fue Alberto, el licántropo con quien salimos a sobornar las calles y a desafiar el frío bogotano. Al despedirnos susurraba palabras al oído, como el padre que perdona las necedades de un hijo. Nos enseñó que septiembre es el mes más cruel, arrancando lilas de la tierra muerta. Fue el mejor regalo que nos pudo dar Dios, que nos pudo dar Cuba. Viaja en paz, amigo, y disfruta tu ruidosa eternidad.